jueves, 6 de diciembre de 2007

La lealtad

Un insurrecto había sido condenado a morir en la horca. El hombre tenía a su madre viviendo en una lejana localidad y estaba muy enferma para viajar, pero él no quería dejar de despedirse por este motivo. Por eso le pidió al rey que le permitiese partir unos días para visitar a la anciana y pedirle perdón antes de morir. El monarca al final accedió, pero poniendo una condición: que un amigo del condenado ocupara su lugar mientra el insurrecto permanecía fuerta y que, en el supuesto de que no volviese fuera cual fuera el motivo, el amigo que hacía de rehén sería ejecutado en lugar del malhechor. El rey dijo que a las ocho de la mañana del séptimo día (la madre vivía relamente lejos) se llevaría a cabo la ejecución: ya fuera con el acusado o con el amigo que se ponía voluntariamente en su lugar.

Pasaron los días y el amigo estaba en prisión en lugar del condenado. El sexto día, el rey ordenó construir el patíbulo y se anunció la ejecución del rehén para la mañana del día siguiente. El reypreguntó por su estado de ánimo a los carceleros, y éstos respondieron:

-¡Oh, majestad! Por increíble que parezca está verdaderamente tranquilo. Ni por un momento ha dudado de que su amigo volverá.

El rey sonrió con escepticismo. Llegó la noche del sexto día. La tranquilidad y la confianza del rehén resultaban asombrosas. De madrugada, el monarca indagó sobre el inocente que estaba en la celda y el jefe de la prisión le dijo:

- Ha cenado opíparamente, ha cantado y está extraordinariamente sereno. No duda de que su amigo volverá.

-¡Pobre infeliz!- exclamó el monarca, sintiéndose culpable de tener que lleva al cadalso a un pobre inocente, pero a esas altura no podía echarse atrás.

Llegó la hora previstaa para la ejecución. Había comenzado a amanecer. El rehén fue condudcido hasta el patíbulo... pero estaba relajado e incluso sonriente. El monarca estaba más que sorprendido. El verdugo le colocó la cuerda alrededor del cuello, pero él seguía sonriente y sereno. Justo cuando faltaban 30 segundos para las ocho en punto de la mañana y el rey iba a dar la orden para la ejecución, se escucharon los cascos de un caballo. El insurrecto había regresado justo a tiempo. El rey, emocionado, dijo:

- Si alguien como tú, condenado, se arrepiente como has hecho, pide el perdón a su madre como has hecho y no dejas en la estacada a un amigo ni que te vaya la vida en ello, se merece una segunda oportunidad. Estos días habéis demostrado el valor de la amistad, así que yo voy a mostraros el de la generosidad: ambos quedáis libres. Id en paz.

Anónimo hindú

3 comentarios:

Moony dijo...

Ojalá en la vida real todo pasara como en tu cuento.
Todo sería mucho mejor y más bonito.
Pero... esa lealtad, no sé, a mí me parece que falta, salvo en honrosas excepciones.

Un beso.

Pedro dijo...

Yo sí confío en la lealtad, pero para confiar ciegamente en la lealtad de alguien, antes tienes que pensar qué harías tú en su lugar.
Si eres leal con los demás, es casi seguro que los demás serán leales contigo.

Silvia dijo...

Bonito cuento Alex, que tengas una feliz semana.
Muchos besos

 

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